En este tratado aborda un programa completo y detallado de
la formación del orador, desde que nace hasta que llega al cénit de su carrera.
Une la moral a la elocuencia, ya que según Quintiliano un orador es un
"vir bonus dicendi peritus’’ y la decadencia de la oratoria es una simple
consecuencia de la corrupción de costumbres. Su entusiasmo de profesor de
retórica le impidió ver que la decadencia de la oratoria obedecía a causas sociales
y políticas, contra las que era inútil luchar.
Quintiliano aconseja a los preceptores una atención delicada
en el estudio de la psicología del niño y el más exquisito tacto en la
dirección de su inteligencia. Insiste en que la educación debe comenzar desde
la cuna. Aboga por la formación intelectual y profesional en una escuela
pública, bajo un maestro experto. Es partidario del esfuerzo continuado,
regular y progresivo, sin altibajos, acomodado a la capacidad y al temperamento
de cada discípulo. Y, ante todo, muestra su preocupación constante por su salud
moral.
Este realismo y equilibrio moral le acercan a los clásicos.
Recomienda la elocuencia natural, sin falsas afectaciones y adornos
innecesarios. A pesar de su admiración por Cicerón, no copia servilmente su
estilo, sino que escribe en la lengua complicada de su época, llena de
metáforas, de rasgos ingeniosos y de imágenes brillantes, en un intento de
hacer más expresivo su pensamiento. Hereda, pues, la influencia de los autores
postclásicos y, sobre todo, de Séneca en la prosa latina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario