Cuenta la leyenda que Adonis
era hijo de Cíniras, rey de Chipre, y de su hija Mirra. Venus,
la diosa romana de la belleza y el amor, se enamoró del hermoso joven y dejó el cielo
para
seguirle a todas partes. Marte, dios de la guerra, el amante abandonado por
Venus,
impulsado por los celos, juró vengarse de Adonis.
Para satisfacer sus deseos de venganza, inspiró al joven la pasión por los combates y los peligros.
Adonis se entregaba con placer a la caza de animales feroces y sus ojos
reflejaban la audacia bélica.
Venus temió por su vida y le rogó que tuviese
cuidado.
Un día, aprovechando una
ausencia de la diosa, Marte salió al encuentro del joven cazador bajo la forma
de un furioso jabalí. Los ojos ardientes de rabia y los colmillos agresivos de
la bestia despertaron en Adonis una incontenible
violencia. Se olvidó de los
consejos de Venus y lanzó una flecha contra la fiera.
El jabalí herido persiguió a Adonis hasta alcanzarle y le clavó los colmillos, hiriéndole de
muerte.
Céfiro llevó el último suspiro del bello joven hasta Venus, quien, al recibirlo,
bajó del Olimpo para acudir
en su ayuda, si aún era posible.
Cuando lo encontró, despedazó
su velo y vendó la terrible herida; más era ya demasiado tarde.
En vano apretóla desdichada entre sus brazos el cuerpo sin vida del amante, queriendo
reanimarle con su calor.
Venus suplicó a Júpiter que Adonis fuese devuelto a la
vida, pero la ley del destino se negó a ello.
La diosa lloraba amargas
lágrimas de dolor y éstas, rozando la sangre del amado muerto, se convirtieron
en la flor llamada adonis, una planta delicada, brillante y pasajera como los
placeres de la vida.